Fináncialo

No quiero que me encuentren días después, ni ser el alimento de mis mascotas, ni que las moscas les nublen la vista y que el departamento se arruine con el olor.
Lo he pensado varios meses; total, no hay prisa alguna. Vivir me encanta y morir me aterra: una total paradoja.
En el inter de estos meses, la he pasado genial. Tampoco es como que esté de fiesta todos los días. Empecé a disfrutar de lo más mínimo; hasta barrer se hizo una grata experiencia.
No tengo tiempo de estar triste o de esos estúpidos ataques de pánico.
Estoy tan enfocada en disfrutar que olvidé armar mi plan: el suicidio más hermoso del mundo.
Hice una larga lista de lo que me gustaría antes, durante y después de morir. Llegué a la única conclusión prudente de todo esto… necesito un chingo de varo.
¿Conseguir un socio para mi suicidio?
¿Crear una sociedad de suicidas?
¿Trabajar harto para poder morir bien? (Bueno, eso ya lo hacemos todos).
¿Y si voy con un asesor financiero y le digo: «Oye, me quiero morir bien bonito y necesito $100,000 pesos para dejar un pachangón. ¿Qué me sugieres?». Nambre, acabaría en el loquero. Además, estoy en buró de crédito.
¿Morir es difícilmente fácil o fácilmente difícil?
Si no puedo arreglar ni mi vida, ¿cómo podré arreglar mi muerte?
Y así podría seguir con mil preguntas y dos que tres respuestas.
Es más fácil y barato tener el suicidio más horrible del mundo.

Me dan más ganas de vivir al ver todo lo que necesito para morir como yo quiero.

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