Una mariposa social

 Vino a buscarte Yahir, otra vez. Le dije que sigues malo, que el doctor recomendó seguir en reposo absoluto. Lo mismo le dije a Fernanda, Oscar y Mario. Es un regalo de dios muy especial el tener amigos que se preocupen por ti, Miguel. Después de lo que le pasó a tu papá, se volvieron muy unidos todos ¿no?.

Tu papá era igual que tú, tenía esa facilidad para que la gente lo quisiera. No sé que vio en mí, yo era súper rara, sin amigos y solo sabía aislarme. Conocí a Ernesto antes que él a mí. Acepto que le tenía cierto tipo de envidia, ver cómo se desenvolvía con tanta gracia, llegué a pensar que era joto, esa forma de escuchar y opinar no es propia de un hombre ¿eh? pero cuando él me conoció a mí todo cambió. Me sentía como en un sueño, él intentaba que yo saliera más, que experimentara, pero yo seguía sintiéndome como un monito enjaulado en la incógnita del comportamiento humano. Aún así, siendo tan antisocial siguió conmigo, le daba ternura mi incapacidad, ¡Ay Samantha! ¿de qué experimento psicológico saliste? y me abrazaba y me besaba y nos reíamos. Y luego te tuvimos a ti mi cielo, la cosa mas perfecta que he hecho en mi vida. El embarazo fue mágico, nunca había tenido tanta atención y por primera vez me gustaba y podía lidiar con ella. Las pláticas fluían, las sonrisas en la calle caían como gotas de alegría en mi corazón y eso amor era por ti. Tú me ayudaste a sentir. Ojalá te hubieras quedado en mi para siempre. 

Cuando naciste todo ese amor se convirtió en tristeza, tomaste toda esa luz que me habías dado, No tenía nada que dar, más que leche que no quisiste. Me hundí en una depresión incontenible, tu papá hizo todo lo que pudo, pero se cansó. La terapeuta decía que se me pasaría, que era depresión post-parto, pero yo sabía que no sería así. 

Todo se vino abajo, Ernesto se desaparecía todo el día y me dejaba contigo. Llorabas y llorábamos juntos, no sabía si era tu llanto o el mío. Empezaste a crecer y aprendí a lidiar con esa tristeza que fue transformándose en algo más. Yo sé que Ernesto se quería separar de mí, pero él pensaba que si lo hacía yo me iba a matar. Las peleas eran constantes y no había felicidad en casa. 

Y entonces, pasó. 

Como siempre estaba en casa bebiendo como la desquiciada en la que me dejé transformar, solo pensando en el odio que me carcomía, en las humillaciones que me había hecho pasar Ernesto ¿y yo? como estúpida creyendo que era amor ¡y por eso me sentía como un animal del zoológico! 

Llegó a mí como un mandato divino. 

Él no estaba en casa había dejado el carro parkeado en la cochera, como si Dios lo hubiera orquestado perfectamente. Sabía que mañana tenía una salida en carretera a sus "disque reuniones de trabajo". Aflojé las llantas a como el de arriba me dio a entender, estaba tan borracha que me sentí estúpida al hacerlo y olvidé todo lo de aquella tarde. 

Desperté y me entregué a la cotidianidad del día como si nada hubiera pasado, porque para mí no había memoria de tal crimen. Fue después de dejarte en la primaria,  descubrí manchas negras en mi ropa y entonces lo recordé: esa epifanía o episodio psicótico había sido real. Estaba tan convencida que mi incapacidad creada por el alcohol, había sido de gran ayuda para evitar mi gran y malévolo plan. Pero, a Dios le encanta el caos. Sonó mi teléfono y lo supe. Encontraron su carro en un barranco camino al pueblo, Ernesto venía en estado de ebriedad, no hubo más preguntas. 

El funeral fue sencillo, pero lleno de gente obviamente. Mi pobre Ernesto, mi mariposa social, aún estando muerto la gente te quiere. 



Comentarios

Entradas populares de este blog

Receta caldo de pollo

Para las desinformadas y despistadas.

La edad